


Hasta finales del siglo XIX, la playa de San Juan era una zona prácticamente desconocida para los 50.000 habitantes que entonces censaba la capital. Una playa casi inédita, ancha, larga, fantásticamente extensa, donde la arena era dueña y señora.
Su tranquilidad sólo era rota eventualmente, cuando algún que otro aventurero se adentraba hacia las interminables dunas, acercándose al mar en un intrépido salto desde la amable y gozosa vegetación de la huerta a la ribera mediterránea.
Por entonces, el desconocido podía ver sin obstáculos desde la Torre del Faro de Huertas (que latía en el vértice del cabo) hasta el panorama rural de la vega alicantina: Vistahermosa, La Condomina, Santa Faz, Benimagrell...
Y en verdad no exageramos, pues desde la misma orilla del mar podía verse las fincas Ansaldo, Ruiz, El ciprés, San Antonio, El Morriquet, Moñinos, Marco... algunas con sus torres preparadas contra la piratería africana.
Una vez al año, en las fiestas de San Jaime, los huertanos acudían masivamente a la Playa de San Juan. Todavía quedan caminos que nacen en Benimagrell, en San Juan, en la Condomina y en Vistahermosa que conducen directamente al mar.
